OBRAS

 

Cuentos de 8 a 12 años

El pequeño mapache Blanca

Selene Núñez

Había una vez, en lo profundo del bosque en un árbol muy alto había un agujero donde vivía una familia de mapaches. La señora Mapache tenía tres crías que estaban hambrientas. Su mamá decide mostrarles el mundo: –Ésta es la hierba– les dice su mamá. A los hijitos les encantó, rodaron, retozaron y hasta probaron el sabor de la hierba. Una noche, la señora Mapache sale con sus crías a buscar comida. Sus ojos brillan como lucecitas. Pero mamá sólo ve a dos pares de ojos. ¡Ay! ¡El más pequeño se ha perdido!¡Pronto ve a buscarlo! Antes de que el Zorro lo encuentre. Pequeño se había detenido a saludar a un Puerco Espín, quería preguntarle porqué tiene largas espinas y no un suave pelaje como él. –¡Qué curioso eres, hijo!– le dice su mamá. Pequeño ven conmigo. –Ésta es el agua– le dijo la madre. En ella vieron sabrosos peces. Pequeño se entusiasma, se acerca y resbala. Cae al agua. ¡Qué inquieto era Pequeño! ¿Por qué haces siempre lo que no debes? Un día mamá duerme la siesta y un Zorro se aproxima sin hacer ruido. Pequeño piensa rápidamente. Al instante corre en busca de ayuda. –¡Pronto, pronto! dice a su amigo el Puerco Espín. Y cuando el Zorro está a punto de saltar sobre la señora Mapache, da de repente un salto en el aire y se aleja aullando de dolor. La mamá despierta y pregunta por Pequeño. ¿Se lo llevó el Zorro? No, ahí está, con el Puerco Espín. ¡Qué orgullosa estaba la señora Mapache! ¡Qué orgullosos están los mapachitos! Pero el más orgulloso es Pequeño ¡Por fin hizo lo que debía! Fin

 

Corriendo por un sueño

Carlos Fabián Almeida Olivera y Alejandro Lacuesta Di Castro

El payaso PLIM-PLIM soñaba con trabajar en el circo más grande de su país. Su mayor deseo era conocer muchos niños y al elefante más pesado del mundo. Tuvo que aprender a hacer magia, cantar, bailar, hacer chistes, piruetas y contar cuentos. Para todo esto contó con la ayuda de otro payaso, llamado Álvaro, con mas experiencia, que lo ayudó a mejorar sus habilidades. Todo lo que PLIM-PLIM era y sabía no era solamente por su esfuerzo que era mucho, sino porque había sido un niño feliz. –¿Cómo sabes todo eso? –Porque lo escuché de sus propias palabras, un día que jugaba con un grupo de niños. PLIM-PLIM recién había terminado una función y se escuchaban muchos aplausos, de pronto, un niño gritó: –¿Cómo aprendiste a ser un payaso genial? –Desde chiquito, mi familia me enseñó a hacer las cosas que me gustaban. Otra niña preguntó: –¿Entrenabas muchas horas por día? –Sí, y aún entreno. Cuando era chico, después de hacer los deberes y ayudar en casa y ahora, cada vez que puedo, porque siempre tenemos que perfeccionarnos y aunque seamos viejitos, siempre hay algo para aprender. De pronto, resbaló en una cosa que parecía moco-mucho moco y se levantó como un resorte y todos se rieron mucho. –PLIM-PLIM, ¿siempre trabajaste en este circo? –No, por suerte pude trabajar en muchos países de Latinoamérica y conocer a muchas personas. –¿Latinoa qué? Preguntó una niña pequeña. –América, Latinoamérica, estuve en países que hablan español, como nosotros, por eso somos como hermanos. –¿En qué países? Preguntó un varón más grande: ¿Los que integran el MERCOSUR? –Sí, en esos y en otros ¿quieren que les cuente? –Síiiiiiiiii, gritaron grandes y chicos.

El niño que descubre sus derechos

 Kevin Gómez

–Ah, ah, ah–, dijo Martín cuando despertó. Bajó a la cocina a prepararse el desayuno. Enseguida bajó su papá, Juan. –¿Qué hacés en la cocinaaaa? - Papá, tengo capacidad para hacer mi desayuno, como también mis Derechos. Su papá lo reprendió –No, tú no tienes Derechos, sólo eres un niño. Martín, triste al oír lo que su padre le decía, terminó su desayuno. Salió a jugar al patio y pensó: ¿si no tengo derechos para qué juego y voy a la escuela? Entró a su hogar y le preguntó a su papá: –¿Me das permiso para ir a la biblioteca? –Sí– respondió su papá. Llegó a la biblioteca ansioso por encontrar el libro que buscaba. Preguntó a la bibliotecaria dónde podía encontrar un libro que hablara sobre sus Derechos, para poder contarle a su padre que sí tiene Derechos a pesar de ser un niño. Martín buscó con entusiasmo, lo encontró y consiguió que se lo prestaran. Tomó su bicicleta y volvió a su casa, pero había un problema, él no sabía si mostrarle a su padre el libro, por miedo a que reaccionara de mala manera. Al llegar a su casa se sentó en el jardín a pensar qué hacer. Su vecino, Pedro, lo vio muy pensativo, no se aguantó las ganas de cruzar a preguntarle si lo podía ayudar en algo. Martín contestó que sí. Pedro dijo: –¿Qué te está pasando? Martín le contó la situación que había tenido con el padre y su gran duda. –Yo no estaría tan seguro de mostrarle el libro a tu papá, si siempre está de mal humor. –Tienes razón, le mostraré el libro cuando se calme. Pedro regresó a su hogar y Martín fue a su cuarto a esperar el momento de enseñarle el libro a su papá. Enseguida subió su compañero, el perro Tobías. Martín le decía a su cachorro que él sí iba a poder plantearle a su padre que tiene sus propios Derechos. Se hizo la noche y se durmió.

Cuentos de 13 a 17 años

El medallón embrujado

Verónica Atay Márquez

Érase una vez un pueblo muy lejano, allá por la Edad Media. Una chica llamada Penélope vivía en ese pueblo. Se bañaba en una laguna, no muy apartada de allí. Estaba sola, disfrutando del baño, hasta que empieza a notar que el agua se estaba aclarando y siendo cada vez más calma, como si hubiera algo extraño, y a la vez muy bueno. Los animales se acercaban a mirar fijamente una parte de la laguna, la más profunda. Penélope se pregunta: –¿Qué está pasando? Se decía: –Es la parte más profunda y peligrosa. La curiosidad le ganó, se aproximó poco a poco, hasta que vio algo muy brilloso e hipnotizador. Se sumergió y pudo ver qué había allí: un medallón muy extraño. Lo tomó, salió rápidamente del agua, se vistió y volvió al pueblo. Llegó corriendo a la casa de Leonardo, su mejor amigo. –Leo, Leo, ven a ver lo que he encontrado. Leo rápidamente salió de su casa. –¿Qué pasa? ¿Qué es? –Es un medallón, lo encontré en la laguna, mientras me bañaba es muy extraño, me siento atraída por él. –Lo único que te puedo decir es que vayas a la casa de Daniel, él sabe mucho de estas cosas. –Está bien, ¿me acompañas? Se fueron de prisa y le preguntaron a Daniel: ¿Qué nos puedes decir de esto? –Es un medallón muy extraño, voy a ver si encuentro algunas escrituras que hable de estas cosas. –Bueno, pero pronto–, dijo Penélope. Daniel salió corriendo y entre tantas cosas descubrió algo, y gritó: –¡Vengan, miren esto!

Leonardo y Penélope fueron con miedo y curiosidad, pensaron que podía ser de alguna bruja o estar embrujado. Daniel dijo: –¡Es el medallón de un sabio brujo! Los chicos se asustaron. Daniel siguió: –De un brujo bueno, Hamlet. Lo utilizaba para que las personas lo quisieran, porque era feo y viejo. Anacleta, hermana de Hamlet, embrujó el medallón para que produjera el efecto contrario. El medallón tiene adentro el alma de Anacleta. Penélope había tenido dudas de dejarlo en el lugar o quedárselo a escondidas de todos. Como Leo era su mejor amigo le contó. Leo le dijo: –Lo que quieres hacer está mal, seguro que la bruja te está hipnotizando, ni parpadeas y tienes los ojos rojos, mejor lo cuido yo. Penélope, desprendiéndose del medallón que tanto le gustaba, le contestó. –Está bien, toma. Ambos se fueron por el camino más corto a la laguna. Al llegar, Leo tuvo una gran idea, tirarlo juntos, cada uno con una mano, lo tiraron inmediatamente, el viento sopló muy fuerte por unos segundos. Leo y Penélope se asustaron y se fueron corriendo. Nunca más volvieron a saber del “Medallón Embrujado”.

Una tarde de verano distinta

 Joan Sosa

Una mañana de verano muy calurosa, me desperté como a las diez. Me levanté, me duché y desayuné un vaso de leche bien fría. A la tarde salí caminando por la ciudad rumbo a la playa y al pasar por la casa de mi amigo “el Enano” me dijo: –¿Vas para la playa? Yo le contesté que sí y lo invité para que me acompañara. Él me preguntó si podía ir Josefina, su hija. ¡Sí, claro!, le dije yo. Marchamos los tres a la playa, él llevaba a Josefina sobre sus hombros, y yo llevaba la ballena inflable y una mochila de color negro. Llegamos a la playa, había mucha gente. Tiré todo y salí corriendo para tirarme al agua. Nadando y nadando… me pasé de la boya. Me di cuenta porque sentí el pitazo del marinero. Cuando me volvía sentí un fuerte dolor en la pierna, era un calambre, no podía nadar, me puse nervioso… menos mal que me estaban mirando los marineros. Uno de ellos rápidamente se tiró al agua a salvarme, mientras el otro llamaba a la Prefectura para que mandaran una ambulancia. Ya en la orilla empecé a reaccionar, me subieron a la ambulancia y me llevaron al Hospital. Me atendieron, pero yo ya estaba bien. Volví a la playa porque mi amigo estaba ahí todavía. Yo le pedí disculpas por el mal momento pasado. Él me dijo: –No pasa nada, pero tenés que tener cuidado, para eso está la boya, hay un límite que respetar, el agua es peligrosa. Yo me di cuenta que tenía toda la razón. Me preguntó: –¿Tomamos unos mates? Y así terminamos la tarde, tomando mate los tres juntos y comiendo tortas fritas.

El día en que el sol no brilló

 Ana Karen Da Costa Rodríguez

Era viernes, el día en que todos los amigos se reunían en el parque, después de la escuela, a admirar el sol, y se preguntaban: ¿Qué sentirían los astronautas al estar en el espacio? ¿Cómo sería el Universo? Pero ese viernes no podría ser. El timbre de salida de la escuela sonó. Franco y Facundo, los únicos gemelos de la escuela, se reunieron en la casa de Gabriela, la chica genio de la escuela, y juntos fueron a buscar a Daniel, el chico extraño. Ellos son unos amigos inseparables, cursaron la escuela juntos y se apoyan en todo. Paula, la chica nays de todo el barrio y escuela, con su cómplice, su hermano Brian, siempre molestan a Daniel y sus amigos, pero ellos no le prestan atención, y eso los hace enojar y por eso los molestan aún más, y es que en lo único que piensan Daniel y sus Friends es en las materias. Pero Daniel no es como sus Friends, él ha tenido sueños, sueños que ni siquiera sus compañeros pueden imaginar. A sus Friends no les interesan los sueños que tiene Daniel, lo único que les interesa es el bienestar de su mejor e imprescindible amigo. Todos sus sueños tienen que ver con misiones astronómicas, y con astronautas que murieron en el intento de completarlas. Daniel siente que sus sueños tienen que ver con premoniciones del futuro y presentimientos del pasado, recuerdos que quedaron atrapados en el tiempo y en el espacio. Al otro día, en la escuela, Daniel tiene una visión, una conexión con el futuro, y una voz desde el más allá le dice: –Daniel, tú y tus amigos tienen que completar la misión que muchos astronautas han intentado completar y no lo lograron. Con el ingenio de Gabriela, con la fuerza de creer de Franco y Facundo y con tus visiones lo podrán lograr, y recuerden esto: Tengan mucho cuidado con los problemas que los rodean, pueden causar dificultades en el viaje. Cuando terminó de hablar, Daniel sintió un dolor muy fuerte en la cabeza y rápidamente volvió al presente Daniel les contó lo que vio a sus amigos, y obviamente ellos le creyeron. Rápidamente, Paula se hizo paso entre sus compañeros, junto a su horrible hermano, para observar lo que pasaba. Repentinamente Daniel le dijo a Paula con tono de burla: –¡Cuidado, una tormenta se aproxima!– y todos se reían sin parar. Paula enojada tomó a su hermano por el brazo y lo arrastró por el pasillo. Los chicos, al salir de la escuela, notaron que todo estaba cubierto por sombra y enseguida miraron al cielo. Vieron al sol ser cubierto por un eclipse total, y Daniel les dijo a sus Friends: –Ya es hora. Y sus Friends le preguntaron: –¿Hora de qué?, y Daniel les contestó: –Hora de viajar al espacio para cumplir con una misión. Sus Friends le preguntaron: –¿Qué misión?, y Daniel les dijo: –Les cuento por el camino. Mientras llegaban a la Base Astronómica de la NASA para tomar una nave “prestada”, Daniel les contó todos sus sueños y lo que aquella voz le había dicho. Pero los problemas los seguían, Paula los perseguía. Quería saber qué era lo que se traían entre manos. 36 Luego, un guardia paró el auto de los chicos, y mientras les hacían preguntas, Gabriela y Daniel se escabulleron contando con que se reunirían con los demás en la puerta de la nave. Pasó una hora antes de que el guardia los dejara pasar. Cuando llegaron a la nave, había un problema más: la puerta de la nave usaba clave, pero Gabriela usó su ingenio para descifrar la clave. Ya dentro de la nave, los chicos tomaron el mando de la máquina, y los otros chicos tomaron el mando de los controles de la base, para que Gabriela y Daniel pudieran despegar. Ya los dos Friends en el espacio analizaron la misión y trataron de resolverla lo más rápido posible para poder volver a la tierra y ser personas normales. Pero, al analizar la misión, se dieron cuenta de que se trataba de un eclipse solar, y cuando se dirigían directo al sol, una lluvia de meteoritos los arrastró, desviándolos de su rumbo, y de repente todos los controles de la nave hicieron un cortocircuito. Rápidamente, Daniel le dijo a Gabriela: –¡Gabriela, rápido, usa tu ingenio para sacarnos de ésta! Y Gabriela le dijo: –Bien, en el Sistema Solar, en el único lugar en donde hay muchos asteroides juntos, es en el Cinturón de Orión, y la única forma de salir, es teniendo mucha potencia. A Daniel se le ocurrió una idea y dijo: –Gabriela, creo que en la parte de atrás de la nave, hay nitro, lo podríamos usar como combustible. Y Gabriela le dijo: –¡Sos un genio! Al rato, Daniel encendió el motor, y sin demora la nave salió a la velocidad de la luz. Mientras se acercaban al sol, Gabriela volvió a analizar la misión, para cerciorarse de que lo que tenían que rescatar era una cápsula cuyo interior contenía ambarina, extraída de la luna en el último eclipse que se había investigado. Cuando pasaron a Venus, una nave se les atravesó, y Daniel, con mucha seguridad dijo: –Ésa es. Es la cápsula que se menciona en la misión. Y sí, era ésa. No sabían qué hacer para extraerla del espacio, y consultaron a sus Friends que se habían quedado en la base terrestre, y ellos les dijeron: –Presionen un botón rojo. Eso activará una tenaza y extraerá la cápsula del interior de la nave. Al ya terminar la misión, volvieron a la Tierra y festejaron con sus amigos el triunfo, de que ya eran personas normales, y que todos sus problemas habían terminado… Bueno, casi todos, porque Paula y su hermano Brian aún los seguían molestando. Pero a ellos ya no les importaba, porque ahora tenían otra cosa en qué pensar, no sólo en las materias, sino en la gran felicitación que recibieron de parte de la NASA, y algún que otro rezongo por sus padres preocupados. Fin

18 años

La mariposa blanca

Hace mucho tiempo, vivió en Japón un anciano de nombre Takahama. El hombre, se había construido una humilde y pequeña casa junto al cementerio antiguo, en lo alto de una colina, y llevaba viviendo allí muchísimos años, desde su juventud.

Takahama era un hombre muy amable y generoso, y todos los vecinos del lugar le apreciaban mucho. Sin embargo, se sorprendían de que nunca se hubiera casado y hubiera preferido vivir solo allá arriba.

Durante un verano muy caluroso, el anciano enfermó, y acudieron a cuidarle la viuda de su hermano y su sobrino, que le quería mucho.

Takahama les dijo:

– Creo que mi vida se acerca a su fin.

Los dos le contestaron que no se preocupara, que iban a acompañarle en todo momento y a cuidarle durante el tiempo que lo necesitara.

El sobrino de Takahama no se retiraba de su lado. Y una mañana, soleada y muy calurosa, una mariposa blanca entró en la habitación en donde estaba el anciano. El joven intentó espantarla, pero la mariposa regresaba una y otra vez. Al final, el muchacho se dio por vencido y la dejó revolotear al lado del anciano, admirando la belleza de sus alas. Hasta que la mariposa decidió abandonar la habitación y el chico, lleno de curiosidad, la siguió.

La pequeña mariposa blanca entró en el cementerio antiguo y se dirigió hacia una tumba, en donde comenzó a revolotear hasta que desapareció. La tumba parecía bastante antigua, pero no tenía musgo ni hierbas, sino que estaba muy limpia y rodeada por preciosas flores blancas muy bien cuidadas.

El joven, asombrado por lo que acababa de ver, regresó a la habitación de Takahama y descubrió que acababa de morir.

El sobrino de Takahama corrió a buscar a su madre para darle la noticia, y le contó lo que acababa de ver… Su madre, lejos de asombrarse, sonrió y le dijo:

– Ya puedo desvelar el secreto de Takahama, supongo… Cuando era joven, tu tío se enamoró de una chica llamada Akiko. Decidieron casarse, pero días antes de la boda, ella murió y tu tío cayó en una profunda tristeza. Cuando se recuperó, decidió que jamás se casaría, y construyó esta casa junto al cementerio para visitar y cuidar cada día la tumba de su amada.

El joven se quedó pensativo. Ahora entendía quién le había visitado en forma de mariposa. Al fin su tío se había reencontrado con ella.

Los tres pelos de oro del diablo

 

Érase una vez una mujer muy pobre que dio a luz un niño. Como el pequeño vino al mundo envuelto en la tela de la suerte, predijéronle que al cumplir los catorce años se casaría con la hija del Rey. Ocurrió que unos días después el Rey pasó por el pueblo, sin darse a conocer, y al preguntar qué novedades había, le respondieron:
- Uno de estos días ha nacido un niño con una tela de la suerte. A quien esto sucede, la fortuna lo protege. También le han pronosticado que a los catorce años se casará con la hija del Rey.
El Rey, que era hombre de corazón duro, se irritó al oír aquella profecía, y, yendo a encontrar a los padres, les dijo con tono muy amable:
- Vosotros sois muy pobres; dejadme, pues, a vuestro hijo, que yo lo cuidaré.
Al principio, el matrimonio se negaba, pero al ofrecerles el forastero un buen bolso de oro, pensaron: "Ha nacido con buena estrella; será, pues, por su bien" y, al fin, aceptaron y le entregaron el niño.
El Rey lo metió en una cajita y prosiguió con él su camino, hasta que llegó al borde de un profundo río. Arrojó al agua la caja, y pensó: "Así he librado a mi hija de un pretendiente bien inesperado". Pero la caja, en lugar de irse al fondo, se puso a flotar como un barquito, sin que entrara en ella ni una gota de agua. Y así continuó, corriente abajo, hasta cosa de dos millas de la capital del reino, donde quedó detenida en la presa de un molino. Uno de los mozos, que por fortuna se encontraba presente y la vio, sacó la caja con un gancho, creyendo encontrar en ella algún tesoro. Al abrirla ofrecióse a su vista un hermoso chiquillo, alegre y vivaracho. Llevólo el mozo al molinero Y su mujer, que, como no tenían hijos, exclamaron:
- ¡Es Dios que nos lo envía!
Y cuidaron con todo cariño al niño abandonado, el cual creció en edad, salud y buenas cualidades.
He aquí que un día el Rey, sorprendido por una tempestad, entró a guarecerse en el molino y preguntó a los molineros si aquel guapo muchacho era hijo suyo.
- No -respondieron ellos-, es un niño expósito; hace catorce años que lo encontramos en una caja, en la presa del molino.
Comprendió el Rey que no podía ser otro sino aquel niño de la suerte que había arrojado al río, y dijo.
- Buena gente, ¿dejaríais que el chico llevara una carta mía a la Señora Reina? Le daré en pago dos monedas de oro.
- ¡Como mande el Señor Rey! -respondieron los dos viejos, y mandaron al mozo que se preparase. El Rey escribió entonces una carta a la Reina, en los siguientes términos: "En cuanto se presente el muchacho con esta carta, lo mandarás matar y enterrar, y esta orden debe cumplirse antes de mi regreso".
Púsose el muchacho en camino con la carta, pero se extravió, y al anochecer llegó a un gran bosque. Vio una lucecita en la oscuridad y se dirigió allí, resultando ser una casita muy pequeña. Al entrar sólo había una anciana sentada junto al fuego, la cual asustóse al ver al mozo y le dijo:
- ¿De dónde vienes y adónde vas?
- Vengo del molino -respondió él- y voy a llevar una carta a la Señora Reina. Pero como me extravié, me gustaría pasar aquí la noche.
- ¡Pobre chico! -replicó la mujer-. Has venido a dar en una guarida de bandidos, y si vienen te matarán.
- Venga quien venga, no tengo miedo -contestó el muchacho-. Estoy tan cansado que no puedo dar un paso más - y, tendiéndose sobre un banco, se quedó dormido en el acto.
A poco llegaron los bandidos y preguntaron, enfurecidos, quién era el forastero que allí dormía.
- ¡Ay! -dijo la anciana-, es un chiquillo inocente que se extravió en el bosque; lo he acogido por compasión. Parece que lleva una carta para la Reina.
Los bandoleros abrieron el sobre y leyeron el contenido de la carta, es decir, la orden de que se diera muerte al mozo en cuanto llegara. A pesar de su endurecido corazón, los ladrones se apiadaron, y el capitán rompió la carta y la cambió por otra en la que ordenaba que al llegar el muchacho lo casasen con la hija del Rey. Dejáronlo luego descansar tranquilamente en su banco hasta la mañana, y, cuando se despertó, le dieron la carta y le mostraron el camino. La Reina, al recibir y leer la misiva, se apresuró a cumplir lo que en ella se le mandaba: Organizó una boda magnífica, y la princesa fue unida en matrimonio al favorito de la fortuna. Y como el muchacho era guapo y apuesto, su esposa vivía feliz y satisfecha con él. Transcurrido algún tiempo, regresó el Rey a palacio y vio que se había cumplido el vaticinio: el niño de la suerte se había casado con su hija.
- ¿Cómo pudo ser eso? -preguntó-. En mi carta daba yo una orden muy distinta.
Entonces la Reina le presentó el escrito, para que leyera él mismo lo que allí decía. Leyó el Rey la carta y se dio cuenta de que había sido cambiada por otra. Preguntó entonces al joven qué había sucedido con el mensaje que le confiara, y por qué lo había sustituido por otro.
- No sé nada -respondió el muchacho-. Debieron cambiármela durante la noche, mientras dormía en la casa del bosque.
- Esto no puede quedar así -dijo el Rey encolerizado-. Quien quiera conseguir a mi hija debe ir antes al infierno y traerme tres pelos de oro de la cabeza del diablo. Si lo haces, conservarás a mi hija.
Esperaba el Rey librarse de él para siempre con aquel encargo; pero el afortunado muchacho respondió:
- Traeré los tres cabellos de oro. El diablo no me da miedo-. Se despidió de su esposa y emprendió su peregrinación.
Condújolo su camino a una gran ciudad; el centinela de la puerta le preguntó cuál era su oficio y qué cosas sabía.
- Yo lo sé todo -contestó el muchacho.
- En este caso podrás prestarnos un servicio -dijo el guarda-. Explícanos por qué la fuente de la plaza, de la que antes manaba vino, se ha secado y ni siquiera da agua.
- Lo sabréis -afirmó el mozo-, pero os lo diré cuando vuelva.
Siguió adelante y llegó a una segunda ciudad, donde el guarda de la muralla le preguntó, a su vez, cuál era su oficio y qué cosas sabía.
- Yo lo sé todo -repitió el muchacho.
- Entonces puedes hacernos un favor. Dinos por qué un árbol que tenemos en la ciudad, que antes daba manzanas de oro, ahora no tiene ni hojas siquiera.
- Lo sabréis -respondió él-, pero os lo diré cuando vuelva.
Prosiguiendo su ruta, llegó a la orilla de un ancho y profundo río que había de cruzar. Preguntóle el barquero qué oficio tenía y cuáles eran sus conocimientos.
- Lo sé todo -respondió él.
- Siendo así, puedes hacerme un favor -prosiguió el barquero-. Dime por qué tengo que estar bogando eternamente de una a otra orilla, sin que nadie venga a relevarme.
- Lo sabrás -replicó el joven-, pero te lo diré cuando vuelva.
Cuando hubo cruzado el río, encontró la entrada del infierno. Todo estaba lleno de hollín; el diablo había salido, pero su ama se hallaba sentada en un ancho sillón.
- ¿Qué quieres? -preguntó al mozo; y no parecía enfadada.
- Quisiera tres cabellos de oro de la cabeza del diablo -respondióle él-, pues sin ellos no podré conservar a mi esposa.
- Mucho pides -respondió la mujer-. Si viene el diablo y te encuentra aquí, mal lo vas a pasar. Pero me das lástima; veré de ayudarte.
Y, transformándolo en hormiga, le dijo:
- Disimúlate entre los pliegues de mi falda; aquí estarás seguro.
- Bueno -respondió él-, no está mal para empezar; pero es que, además, quisiera saber tres cosas: por qué una fuente que antes manaba vino se ha secado y no da ni siquiera agua; por qué un árbol que daba manzanas de oro no tiene ahora ni hojas, y por qué un barquero ha de estar bogando sin parar de una a otra orilla, sin que nunca lo releven.
- Son preguntas muy difíciles de contestar -dijo la vieja-, pero tú quédate aquí tranquilo y callado y presta atento oído a lo que diga el diablo cuando yo le arranque los tres cabellos de oro.
Al anochecer llegó el diablo a casa, y ya al entrar notó que el aire no era puro:
- ¡Huelo, huelo a carne humana! -dijo-; aquí pasa algo extraño.
Y registró todos los rincones, buscando y rebuscando, pero no encontró nada. El ama le increpó:
- Yo venga barrer y arreglar; pero apenas llegas tú, lo revuelves todo. Siempre tienes la carne humana pegada en las narices. ¡Siéntate y cena, vamos!
Comió y bebió, y, como estaba cansado, puso la cabeza en el regazo del ama, pidiéndole que lo despiojara un poco.
A los pocos minutos dormía profundamente, resoplando y roncando. Entonces, la vieja le agarró un cabello de oro y, arrancándoselo, lo puso a un lado. - ¡Uy! -gritó el diablo-, ¿qué estás haciendo?
- He tenido un mal sueño -respondió la mujer- y te he tirado de los pelos.
- ¿Y qué has soñado? -preguntó el diablo.
- He soñado que una fuente de una plaza de la que manaba vino, se había secado y ni siquiera salía agua de ella. ¿Quién tiene la culpa?
- ¡Oh, si lo supiesen! -contestó el diablo-. Hay un sapo debajo de una piedra de la fuente; si lo matasen volvería a manar vino.
La vieja se puso a despiojar al diablo, hasta que lo vio nuevamente dormido, y roncando de un modo que hacía vibrar los cristales de las ventanas. Arrancóle entonces el segundo cabello.
- ¡Uy!, ¿qué haces? -gritó el diablo, montando en cólera.
- No lo tomes a mal -excusóse la vieja- es que estaba soñando.
- ¿Y qué has soñado ahora?
- He soñado que en un cierto reino crecía un manzano que antes producía manzanas de oro, y, en cambio, ahora ni hojas echa. ¿A qué se deberá esto?
- ¡Ah, si lo supiesen! -respondió el diablo-. En la raíz vive una rata que lo roe; si la matasen, el árbol volvería a dar manzanas de oro; pero si no la matan, el árbol se secará del todo. Mas déjame tranquilo con tus sueños; si vuelves a molestarme te daré un sopapo.
La mujer lo tranquilizó y siguió despiojándolo, hasta que lo vio otra vez dormido y lo oyó roncar. Cogiéndole el tercer cabello, se lo arrancó de un tirón. El diablo se levantó de un salto, vociferando y dispuesto a arrearle a la vieja; pero ésta logró apaciguarlo por tercera vez, diciéndole:
- ¿Y qué puedo hacerle, si tengo pesadillas?
- ¿Qué has soñado, pues? -volvió a preguntar, lleno de curiosidad.
- He visto un barquero que se quejaba de tener que estar siempre bogando de una a otra orilla, sin que nadie vaya a relevarlo. ¿Quién tiene la culpa?
- ¡Bah, el muy bobo! -respondió el diablo-. Si cuando le llegue alguien a pedirle que lo pase le pone el remo en la mano, el otro tendrá que bogar y él quedará libre. Teniendo ya el ama los tres cabellos de oro y habiéndole sonsacado la respuesta a las tres preguntas, dejó descansar en paz al viejo ogro, que no se despertó hasta la madrugada.
Marchado que se hubo el diablo, la vieja sacó la hormiga del pliegue de su falda y devolvió al hijo de la suerte su figura humana.
- Ahí tienes los tres cabellos de oro -díjole-; y supongo que oirías lo que el diablo respondió a tus tres preguntas.
- Sí -replicó el mozo-, lo he oído y no lo olvidaré.
- Ya tienes, pues, lo que querías, y puedes volverte.
Dando las gracias a la vieja por su ayuda, salió el muchacho del infierno, muy contento del éxito de su empresa. Al llegar al lugar donde estaba el barquero, pidióle éste la prometida respuesta.
- Primero pásame -dijo el muchacho-, y te diré de qué manera puedes librarte-. Cuando estuvieron en la orilla opuesta, le transmitió el consejo del diablo: - Al primero que venga a pedirte que lo pases, ponle el remo en la mano.
Siguió su camino y llegó a la ciudad del árbol estéril, donde le salió al encuentro el guarda, a quien había prometido una respuesta. Repitióle las palabras del diablo: - Matad la rata que roe la raíz y volverá a dar manzanas de oro.
Agradecióselo el guarda y le ofreció, en recompensa, dos asnos cargados de oro. Finalmente, se presentó a las puertas de la otra ciudad, aquella en que se había secado la fuente, y dijo al guarda lo que oyera al diablo:
- Hay un sapo bajo una piedra de la fuente. Buscadlo y matadlo y volveréis a tener vino en abundancia.
Dióle las gracias el guarda, y, con ellas, otros dos asnos cargados de oro.
Al cabo, el afortunado mozo estuvo de regreso a palacio, junto a su esposa, que sintió una gran alegría al verlo de nuevo, y a la que contó sus aventuras. Entregó al Rey los tres cabellos de oro del diablo, y al reparar el monarca en los cuatro asnos con sus cargas de oro, díjole, muy contento:
- Ya que has cumplido todas las condiciones, puedes quedarte con mi hija. Pero, querido yerno, dime de dónde has sacado tanto oro. ¡Es un tesoro inmenso! - He cruzado un río -respondióle el mozo- y lo he cogido de la orilla opuesta, donde hay oro en vez de arena.
- ¿Y no podría yo ir a buscar un poco? -preguntó el Rey, que era muy codicioso.
- Todo el que queráis -dijo el joven-. En el río hay un barquero que os pasará, y en la otra margen podréis llenar los sacos.
El avaro rey se puso en camino sin perder tiempo, y al llegar al río hizo seña al barquero de que lo pasara. El barquero le hizo montar en la barca, y, antes de llegar a la orilla opuesta. poniéndole en la mano la pértiga, saltó a tierra. Desde aquel día, el Rey tiene que estar bogando; es el castigo por sus pecados.
- ¿Y está bogando todavía?
- ¡Claro que sí! Nadie ha ido a quitarle la pértiga de la mano.

 

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